Camille Bryen, Urrealist Composition with Nude, Door and Key.

El clavo cederá y caerá

Comentario a la primera lectura del Domingo 21 del tiempo ordinario – Ciclo A

Por Karla Huerta y Mike van Treek

Lecturas: Is 22, 19-23; Sal 137; Rom 11, 33-36; Mt 16, 13-20

El texto de Isaías es un oráculo contra Sebná.
De este personaje histórico sabemos muy poco.
En la Biblia aparece como el mayordomo del palacio del reino de Judá en Samaría durante el reinado de Ezequías, un rey recordado por la Biblia como modelo de fidelidad al Dios de Israel y que llevó a cabo una reforma religiosa y política. En el libro de Reyes se narra un episodio que es clave para entender el contexto de la profesía de Isaías, se trata del asedio de Samaría por parte de Senarequib, rey de Asiria (2Re 18,13–19,7). El asirio había destruido cerca de 40 ciudades del reino de Ezequías y ahora sitiaba la ciudad capital. La invasión era en parte una represalia porque Ezequías buscó, sin éxito, el apoyo de Egipto para zafarse del yugo asirio.

El oráculo de Isaías contra Sebná no se explica bien a partir del texto del libro de Reyes porque ahí Sebná aparece como un mensajero del buen rey.
Al parecer, el estatus de poder de Sebná le permitió escalar en los privilegios del palacio y usar el cargo para su beneficio personal. Isaías lo acusa de haberse labrado un sepulcro de lujo: «Que se labra en lo alto un sepulcro y se excava en la piedra un mausoleo» (Is 22,16) y de planificarse para él un funeral apoteósico (v.18). En efecto, existen algunos restos epigráficos cerca de Jersusalén, en la necrópolis de Siloam descubiertos en 1870 por el arquéologo francés Charles Simon Clermont-Ganneau, que N. Avigad identificó hipotéticamente con la tumba de este mayordomo.

Inscripción funeraria de tres líneas de la entrada de la tumba que pudo contener los restos de Sebná, el mayordomo real del rey Ezequías. Muy dañada (The British Museum)

El oráculo continúa diciendo que vendrá otro mayordomo a reemplazar al depuesto Sebná. Este será Eliaquim, cuyo nombre en hebreo significa «Dios me establece». A él se le darán las llaves de palacio: «Le pondré en el hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá» (Is 22,22).

Las llaves son símbolo del poder formal del palacio y el oráculo anuncia que llevará el cargo con honores. No obstante, en el texto hay un quiebre.
El favor de Dios sobre Eliaquim no será eterno:

«Aquel día oráculo del Señor Todopoderoso cederá el clavo hincado en sitio firme, y la carga que colgaba de él se soltará, caerá y se romperá lo ha dicho el Señor» (Is 22,25).

El clavo cederá y caerá porque Eliaquim colgará de él a toda su familia y a toda su riqueza. Caerá por las mismas razones que Sebná, por aprovechar el cargo en su beneficio y el de su familia: nepotismo, enriquecimiento.

La promesa de Dios es confiable, pero cuando el don otorgado por él se vuelve un privilegio se traspasa el límite hacia la idolatría. La institución tal vez seguirá existiendo pero no seguirá siendo reflejo del querer de Dios, dice Isaías.

La liturgia hace conversar este texto con el Evangelio de Mateo 16.
Por una parte, la imagen del clavo firme (pero que cede) se transforma en la imagen de Pedro/piedra, la roca. Las llaves se mantienen, pero Pedro no tiene ningún honor ni tampoco ningún palacio que custodiar.
El contraste entre Pedro y los fariseos y letrados se establece más adelante:

«¡Ay de ustedes, letrados y fariseos hipócritas, que cierran a los hombres el reino de Dios! ¡Ustedes no entran ni dejan entrar a los que lo intentan!» (Mt 23,13).

¿Por qué la liturgia ha omitido la referencia a la caída de Eliaquim? ¿Tal vez porque el mismo Mateo ha omitido un posible fracaso de la roca que es Pedro?

El libro de Apocalípsis parece polemizar con Mateo. Ahí las llaves del reino no las tiene ningún Apóstol, sino Cristo mismo: «Al ángel de la Iglesia de Filadelfia escríbele: Esto dice el Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David; el que abre y nadie cierra, cierra y nadie abre» (Ap 3,7). También allí hay una crítica a la institucionalidad que colapsa bajo su propio peso.

¿No es esa la crisis que vive la Iglesia hoy? Una Iglesia que se creía inexpugnable pese a todos sus delitos y escándalos. Ella no cae porque la asedie un enemigo desde fuera, sino que cae por su propio peso institucional, se consume a sí misma.
La razón de la esperanza la formula el Apocalípsis:

Al ángel de la Iglesia de Filadelfia escríbele:

«Esto dice el Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David; el que abre y nadie cierra, cierra y nadie abre: Conozco tus obras. Mira, te he puesto delante una puerta abierta que nadie puede cerrar. Aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra y no has renegado de mí. Mira lo que haré a la sinagoga de Satanás, a los que se dicen judíos sin serlo, pues mienten: haré que salgan a postrarse a tus pies, reconociendo que yo te amo. Como tú guardaste mi encargo de perseverar, yo te guardaré en la hora de la prueba, que se echará sobre el mundo entero para probar a los habitantes de la tierra. Voy a llegar pronto: conserva lo que tienes para que nadie te arrebate la corona. Al vencedor lo haré columna en el templo de mi Dios y no volverá a salir; en ella grabaré el nombre de mi Dios y el nombre de la ciudad de mi Dios, de la nueva Jerusalén que baja del cielo desde mi Dios, y mi nombre nuevo» (Ap 3,7-12).

En suma, las lecturas propuestas para este domingo tratan de una promesa. En Isaías esa promesa está relacionada con Eliaquim, a quien se le entregarán las llaves del palacio y de quien se habla como clavo clavado en lugar firme. El símbolo parece repetirse en Mateo 16: Pedro es roca firme y a él se le entregan las llaves del reino. No obstante, el oráculo de Isaías es más extenso que lo que leemos en la liturgia. En la continuación del relato nos encontramos también también con la destitución de Eliaquim: el clavo cederá y caerá, pues de él ha colgado sus privilegios acumulados. ¿Podría ocurrir lo mismo con Pedro/roca? Apocalípsis 3,7 parece que responde que sí: las llaves no son de Pedro, son de Cristo a quien le corresponde en último término abrir su reino. Ahí está la esperanza, pues aunque la iglesia pueda caer por su propio peso institucional, se mantiene vivo y presente el Dios que da esperanza porque su promesa es inquebrantable.