Lo que está escrito

Cuando enseño hebreo bíblico surgen muchas preguntas entre los estudiantes. Una de ellas es cómo pronunciar el nombre de Dios en la Biblia Hebrea.

Cuando se compusieron los libros de la Biblia hebrea el hebreo se escribía sin vocales. Solo se utilizaban algunas consonantes que indicaban, a modo de apoyo, algunos sonidos vocálicos. No tenemos los manuscritos autógrafos, es decir, los manuscritos escritos por los autores de los textos. Disponemos de copias de esos manuscritos realizadas por copistas expertos. Los manuscritos más antiguos del Antiguo Testamento completo son de la Edad Media, el código de Leningrado, que data del año 1.000 d.e.c., es la copia completa más antigua y la base para las principales ediciones impresas actuales de la Biblia hebrea. También existe el código Aleppo, que es algunos siglos anterior al Leningradense, pero no tiene el texto bíblico completo. En la imagen más abajo, se aprecia una fotografía de uno de los manuscritos más antiguos de la Biblia hebrea, de los hallados en Qumrán. Estos manuscritos datan del siglo II a.e.c. Si bien son los más antiguos, son fragmentarios. En la fotografía se puede apreciar que la escritura es solamente consonántica, es decir, sin los signos vocálicos, pues estos serán introducidos posteriormente por los copistas y curadores de los manuscritos, los masoretas.

1Q5-1QDeuteronomio-b (Qumrán).

Así fue transmitido el texto hebreo durante siglos, hasta que un grupo de expertos de la tradición judía, los masoretas, establecieron unas indicaciones precisas acerca de la pronunciación del hebreo bíblico. Utilizaron un sistema de puntos y rayas en torno a las consonantes para indicar las vocales que deberían acompañar a las consonantes y otras indicaciones respecto de la correcta lectura de lo que estaba escrito.

En las dos imágenes que pueden verse más abajo, se puede apreciar que el texto se encuentra ahora con signos vocálicos bajo las consonantes.

Los masoretas consideraban que el texto hebreo consonántico era un texto intocable. Por su carácter sagrado, no lo podían modificar, por lo que el sistema de anotaciones dejó intacto el texto transmitido. De ahí que el sistema de puntos y rayas solo agrega elementos en torno a las consonantes.

Además, dejaron algunas indicaciones marginales. En estas indicaciones marginales establecieron algo parecido a una nota de lectura. Allí indican, entre otras cosas, que una determinada palabra escrita en el texto sagrado (ketib) debe ser pronunciada (qara’ ) de una forma diferente. Estas anotaciones pueden ser de dos tipos: transitorias o perpetuas. En el primer caso, se trata de anotaciones válidas para la palabra comentada. Las indicaciones perpetuas indican que cada vez que aquella palabra aparezca escrita de una forma, debe ser pronunciada de otra forma. Todas estas indicaciones están luego compiladas en la masorah parva y la masorah magna. En la imagen siguiente, se aprecia un pequeño círculo sobre algunas palabras y una marca marginal con una letra hebrea (ק) que es una abreviatura de «lo que debe ser pronunciado». Sobre esa letra, se encuentra la proposición de lectura de los masoretas, pues consideraban que el texto consonántico escrito debía leerse de otra forma.

Indicación de Qeré / Ketib para Gn 8,17.

El nombre de Dios en el texto consonántico tiene una indicación perpetua. Los masoretas indicaron de una forma bien peculiar qué es lo que debe ser pronunciado cuando el lector se topa con el nombre de Dios. Esta indicación consiste en dejar intactas las consonantes del texto sagrado, pero agregar a esa palabra las vocales de otra palabra. El lector sabe que no debe pronunciar las consonantes con las intercambiadas vocales, debe pronunciar las consonantes que corresponden a la palabra de la cual se han extraído las vocales.

Así, el lector encuentra esto en el texto: יְהוָֹה (yeowah), pero lo que debe leer es אֲדֹנָי (‘adonay). En la primera palabra, bajo las consonantes del nombre del Señor se han puesto las vocales de la segunda palabra (con algunas modificaciones ortográficas). Si uno leyera el texto bíblico sin saber esta tradición de los masoretas leería Yehováh, lo que en realidad no es posible.

Muchas traducciones de la Biblia a las lenguas modernas extrañamente no comprenden este mecanismo (o si lo hacen, ignoran la indicación de los masoretas) y utilizan Jeovah o incluso Yavé (o Yaveh). Si bien los traductores argumentan sus opciones, la verdad es que la indicación de los masoretas es bastante clara: no pronunciar el nombre de D–s, sino decirle Señor.

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Simple mortal

Comentario a la primera lectura del 23 domingo del tiempo ordinario – Ciclo A.

Por Mike van Treek y Karla Huerta

Lecturas: Eclo 27,30-28,7; Sal 102; Rom 14, 7-9; Mt 18, 21-25

Sabores de lo sapiencial

Los libros sapienciales han sido despreciados por la tradición teológica porque no hablan ni refieren a una «alta teología», sino al mundo más propio de las religiones: las emociones, las relaciones sociales, el buen vivir. Las cosas cotidianas han sido poco valoradas por la teología occidental, la cuál se fue transformando poco a poco, de manos de los padres de la Iglesia, en una reflexión cada vez más conceptualista. Pero lo más propio de las religiones no ha sido la verdad, sino la imaginación. El sabio no busca la verdad, busca el sabor de la vida y con su lengua literaria saborea al misterioso Dios que se expresa en la creación que lo alimenta.

El sabio además es el crítico, el que replantea la tradición cuando esta está obsoleta, cuando ella cree haber llegado a la respuesta definitiva sobre Dios. El sabio es el último recurso contra la idolatría que intenta explicar a Dios. Es el caso del libro de Job, por ejemplo, o el caso de Qohélet (Eclesiastés):

Qohelet, además de ser un sabio
también enseñó el conocimiento al pueblo
Pesó, examinó y corrigió muchos proverbios.
Buscó Qohelet encontrar palabras agradables
y escribió palabras asertivas y verdaderas

El libro sapiencial que comentamos en este ocasión recibe varios nombres. Se le conoce más comúnmente como Eclesiástico, pero el título original del libro es Sabiduría de Jesús Ben Sira, por ello también se le conoce como Sirácida.

Este libro tiene una interesante y compleja historia de composición. Es necesario exponer algunos puntos para aprender sobre el camino y progreso de la compilación de estos libros bíblicos, para que llegaran hasta nosotros.

El autor del libro nació en torno al 250 a.C. y escribió una primera versión del libro que publicó entre 190-180 a.C. Lo escribió en hebreo y luego de la publicación apareció una versión con expansiones. Lo escribió en Jerusalén y testimonia la espiritualidad de los judíos de la ciudad bajo la dominación de los Seléucidas, antes que se produjera la persecución helenizante de Antíoco IV Epifanes, la cual se inicia en 171 a.C.

El nieto de Ben Sira publicó una traducción del texto al griego en Egipto casi al final del siglo II a.C. (año 117, aprox.). Esta traducción se realiza ya bajo la inmensa influencia de los procesos helenizantes mencionados arriba.

La primera versión hebrea se transmitió de forma independiente de la segunda (aquella con las expansiones) y así también coexistieron sendas traducciones al griego. Son éstas últimas las que conocieron los Padres de la Iglesia (Cipriano, Juan Damasceno y Juan Crisóstomo) ya que el original hebreo se perdió durante casi dos milenios.

La versión latina que usó el cristianismo posteriormente, proviene de la segunda traducción griega que ya contiene influencia del cristianismo.
Por ejemplo, el versículo 1,9 agrega lo que ponemos [entre corchetes] «Es el Señor quien creó la Sabiduría [en el Espíritu Santo], la vio la midió y la derramó sobre todas sus obras».

Durante siglos, conocimos este libro sólo por sus versiones posteriores, griega y siriaca, y por algunas citas de él en textos judíos. Pero entre 1896 y 1900 se descubren fragmentos del texto hebreo en la Genizá de la Sinagoga de El Cairo. Luego en 1931, 1954 y 1960 se encontraron más copias y fragmentos del texto hebreo. Como muchos libros bíblicos, la Sabiduría de Jesús ben Sirá es un libro y muchos libros a la vez, con una historia muy compleja desde su creación hasta que llega a nuestras Biblias impresas.

La lectura de este domingo

Ira y enojo son cosas detestables,
pero del pecador nunca se apartan
Del vengativo se vengará el Señor;
Dios llevará cuenta estricta de sus pecados.
Perdona las ofensas a tu prójimo,
y Dios perdonará tus pecados cuando se lo pidas.
Si uno guarda enojo a su prójimo,
¿cómo querrá que Dios le dé a él la salud?
No tiene compasión de un hombre igual a él,
¿y pide a Dios el perdón de sus pecados?
Es un simple mortal y guarda furia,
¿quién le obtendrá el perdón de sus pecados?
Piensa en tu fin y ya no odies más;
piensa en la muerte y cumple los mandamientos.
Recuerda los mandamientos y no odies al prójimo;
piensa en la alianza del Altísimo y perdona las faltas.

El texto

μῆνις καὶ ὀργή (Sir 27,30) = «Ira y rabia». Esta dupla de palabras también aparece en Salmos de Salomón, por la caracterización de los paganos que profanaron la ciudad de Jerusalén: «Porque la han maltratado y no escatimaron su rabia ni su ira furibunda. Acabarán con ella, si Tú, Señor, no los rechazas airado» (Salmo de Salomón 2,23). La ira es un sentimiento, mientras que la palabra griega ὀργή que se traduce como enojo es más bien una disposición a sentir rabia o ira y, por tanto, indica el carácter propenso a la rabia o el enojo.

ἔλεος (Sir 28,4) = del griego, compasión. Traduce habitualmente el hebreo hesed (=lealtad, favor, amabilidad, confianza). Hesed es «la obligación solidaria entre familiares, amigos, anfitrión e invitado, amo y criado; cercanía, solidaridad, lealtad». Es el vínculo que sostiene a la comunidad.

Intertexto

Hay ecos de este texto en el Nuevo Testamento, sobre todo de Mt 28,2-5 (ennegrecido en el texto).
«Suena a cristiano», dice un comentarista (Alexander Di Lella) y es cierto. Algunos de estos ecos:

Los ecos del libro de Jesús Ben Sira en el Padre Nuestro son claros y los reconoce el lector habitual de estos textos. También a la parábola que se lee el domingo en el evangelio. Otros ecos son menos conocidos: «Cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, y vuestro Padre del cielo os perdonará vuestras culpas» (Mc 11,25) y «[Dios]será despiadado el juicio del que no tuvo piedad» (Santiago 2,13).

Los hilos de la reflexión sapiencial que se encuentra en la Biblia unen Antiguo y Nuevo Testamento. A Jesús se le tiene por profeta, pero poco se dice de su vertiente sapiencial. El sabio de oriente (Israel, Egipto) se expresaba preferentemente en proverbios (la palabra hebrea es «mashal»), palabra que en griego corresponde a «parabolé», parábola. La parábola es un proverbio desarrollado, narrativizado. En Jesús-sabio hallamos esos rasgos: sentencias breves, punzantes, asertivas e instructivas; también parábolas. El sabio enseña con la literatura (popular, cortesana, internacional) y la imaginación. El sabio de Israel no se amuralló en su cultura y religión. Jesús Ben Sirá conoció otras culturas, realizó viajes. Experimentó aquello que significa que lo «otro» lo altere, lo cuestione. Por su parte, Job, paradigma del sabio, no era israelita (era de Cus). La sabiduría nace de esa incomodidad o malestar. El otro Jesús, el de los evangelios, vivió algo parecido: lo incomodaba la injusticia, la miseria, la desigualdad. Como Job, también Jesús reaccionó contra «la religión de la verdad».

Estas aproximaciones o ecos entre textos del Primer y Nuevo testamento no son extrañas.
Lamentablemente, durante siglos se han construido enormes fosas entre judaísmo y cristianismo, entre unas religiones u otras, como temiendo a la contaminación. Hombres fascinados por la pureza de las religiones han pretendido que ambas tradiciones son esferas separadas, sin contacto.

No es así. Las religiones, como las culturas, se interconectan en muchos puntos, se producen intercambios e influencias. Y en este punto, tanto Jesús Ben Sira, como luego Jesús de Nazaret, apuntaron al valor de la compasión. Perdonar no sería simplemente un olvido de la justicia, al contrario, sino una forma de reciprocidad ante lo recibido en sociedad (de esto hablamos en otro comentario: aquí). Perdonar las deudas a otro que tiene menos para pagar, es ceder algo de lo que estamos llanos a hacer sin que provoque daño. Es compadecerse y solidarizarse de quién no tiene para saldar la deuda. Lo interesante de este texto es la asimetría que obliga al perdón. El sabio comprende la realidad en su complejidad, y no impone leyes imposibles. En el fondo, el que pueda perdonar, que lo haga 70 veces siete, que lo haga siempre. Gana más con su compasión que con su rabia hacia un pequeño deudor.

El Reino de Dios y la desigualdad social

En párrafos anteriores hablamos del interés del sabio en la vida cotidiana. Jesús no abandona esa preocupación. El interés de Jesús en el tema del Reino no es una preocupación teológica abstracta. De hecho, su anuncio del Reino de Dios tiene en su base una preocupación por la desigualdad social y económica de Galilea, tesis que sostiene, por ejemplo, Bruce Malina. La mayoría de las parábolas sobre el Reino no son simplemente metáforas pedagógicas para hablar de un asunto totalmente distinto al tema del que tratan. Abordan una preocupación extendida en la población empobrecida: la pobreza, la miseria, la desigualdad.

El Reino de Dios es la propuesta de Jesús para enfrentar las desigualdades sociales que precarizaban la vida de la sociedad mediterránea. La teología conceptualista occidental ha presentado la predicación de Jesús sobre el Reino como una realidad espiritual y moral, despojándolo de su fuerza transformadora de las relaciones socioeconómicas.

La parábola de Mateo, entonces, debería ser leída más literalmente, en relación a las deudas económicas que vinculan a diferentes actores de la sociedad. Un ejemplo contemporáneo en el que se podría aplicar la parábola de Mateo es en los casos en que el Estado hace «perdonazos» de deudas a las grandes empresas de retail, las poderosas multitiendas, mientras que éstas últimas atosigan a sus pequeños clientes por sus deudas de consumo.

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