Sonia Lawson, Night Watchman

El malvado morirá pero a ti te pediré cuentas

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Comentario a la primera lectura del domingo 23 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Ez 33,7-9; Sal 94; Rom 13,8-10; Mt 18,15-20

Por Karla Huerta y Mike van Treek

El libro de Ezequiel es, como todo libro de la antiguedad, un escenario de discusiones controversiales. En el caso de Ezequiel es una discusión sobre al menos dos temas relevantes.

Por una parte, una discusión sin clausura sobre quién puede pertenecer a Israel. Quién puede decir que es parte de este pueblo. Ezequiel como muchos libros, tiene dos respuestas a esta pregunta. Ya las veremos.

Por otro lado, el libro es una discusión sobre la responsabilidad. Ezequiel fue escrito luego del retorno de los exiliados de Babilonia a Jerusalén, en época Persa o tal vez incluso posterior. Pero está ambientado en la época del exilio. No obstante, muchos oráculos se refieren a los habitantes de Jerusalén. Es una gran paradoja. ¿Quién es responsable del exilio y el sufrimiento que produce?

A la primera cuestión se hallan dos respuestas contradictorias en el libro. En primer lugar, el verdadero Israel lo constituyen los retornados del exililio (Cap. 33). En segundo lugar, el verdadero Israel está compuesto por los márgenes de la diáspora, a quien Dios reúne desde todos los rincones de la tierra (Cap. 34).

En efecto, Ez 33,23-26 afirma que el derecho a vivir en Jerusalén lo tienen los exiliados/retornados:

El Señor se dirigió a mí, y me dijo: «La gente que vive en esas ciudades de Israel que están en ruinas, anda diciendo: “Abraham era uno solo y, sin embargo, llegó a ser dueño del país; con mayor razón nosotros, que somos muchos, llegaremos a ser dueños del país.” Por lo tanto, diles: “Así dice el Señor: Ustedes comen carne con sangre, adoran ídolos, cometen asesinatos, ¿y creen que van a ser dueños del país? Recurren a la violencia de las armas, hacen cosas que yo detesto, todos cometen adulterio, ¿y creen que van a ser dueños del país?”»

El argumento recurre a la estigmatización moral y religiosa de los habitantes. Un viejo argumento que se sostiene en la ideología de la pureza como criterio de pertenencia a una comunidad religiosa (el argumento será repetido por Jesús en el Evangelio de Mateo: «considéralo un gentil», afirma allí respecto del pecador no arrepentido).

Respecto de la cuestión, más abierto parece el capítulo siguiente. Ezequiel 34 culpa de la dispersión (diáspora) de los israelitas a la mala conducta de la élite gobernante (los llama «pastores que se cuidan a sí mismos»). La voz de Dios en este capítulo suena muy distinta. Israel es un pueblo recogido desde diversos rincones de los países extranjeros (países, en plural, y no sólo a los exiliados a Babilonia):

«Yo, el Señor, digo: Yo mismo voy a encargarme del cuidado de mi rebaño. Como el pastor que se preocupa por sus ovejas cuando están dispersas, así me preocuparé yo de mis ovejas; las rescataré de los lugares por donde se dispersaron en un día oscuro y de tormenta. Las sacaré de los países extranjeros, las reuniré y las llevaré a su propia tierra. Las llevaré a comer a los montes de Israel, y por los arroyos, y por todos los lugares habitados del país».

Esta discusión se encuentra presente en varios libros de la Biblia que se enfrentan a propósito de la cuestión. Por ejemplo, el libro de Rut sostiene la tesis de que una mujer extranjera puede ser parte de Israel si adopta la fe en el Dios de la alianza. Por el contrario, Esdras considera que todas las mujeres extranjeras son impuras y son la causa de la ruina de Israel. La historia de Abraham y Sara parece creada para fundamentar precisamente una visión más universalista, similar a la de Rut.

Respecto de la responsabilidad, Ezequiel ha sido considerado un libro donde se plantea un giro teológico fundamental: se pasaría de una teoría y teología de la retribución colectivista a una de la responsabilidad individual. Esta afirmación habría que matizarla.

El primer matiz que hay que introducir es respecto de que las ideas las proponen los autores de los libros. En realidad, ellos solo le dan la forma escrita los cambios de pensamiento y de cultura que ocurren paulatinamente. Al parecer, en la época postexílica, durante la dominación persa o helénica, las ideas e imaginarios sociales sobre la retribución sufren un gran cambio. Si durante siglos se intentó convencer a la población de que el justo es premiado por Dios y el malvado castigado, llegó un momento donde esa teología retribucionista no tenía como sostenerse. Sólo se buscaba con ello que las víctimas que sufrían el mal provocado por otros tuvieran una suerte de comportamiento ejemplar: paciente, sumiso… una suerte de «buenas víctimas» que aceptaban el sufrimiento en virtud de una justicia que muchas veces (o casi nunca) no llegó.

El segundo matiz que hay que considerar es que en realidad Ezequiel (así como Job) no piensa en una resposabilidad estrictamente individual. Ezequiel es representante de un pensamiento que podríamos llamar «de reciprocidad social». No es una innovación del profeta. Existen textos en Oriente antiguo que dan testimonio de que es un pensamiento muy extendido y antiguo. ¿En qué consiste esta forma social de pensar las acciones? Piensan las acciones que realizan las personas en una intereacción recíproca y mediada por las condiciones sociales de los grupos afectados. ¿Qué significa esto? Que la justicia o injusticia (o felicidad o calamidad) no son productos de una mecánica de la creación o la obra de un juez divino, sino un principio de solidaridad social: todas las acciones se conectan en la vida común, en la sociedad y por tanto las acciones de cada cual tienen nexos con todos los miembros de la sociedad, para bien o para mal.

Un texto egipcio, La instrucción al rey Merykara dice:

Mira, un comportamiento vergonzoso ocurrió en mi período
El cementerio de This fue saqueado.
Esto ocurrió por mi acción,
Lo aprendí luego que ocurriera
Hubo una retribución por lo que hice,
Porque destruir es vil
Inútil restaurar lo que uno ha dañado,
Reconstruir lo que uno ha demolido.
¡Debes estar alerta! Un golpe se paga con uno similar,
Para cada acción hay una respuesta.

En la Biblia hay muchísimos textos (y también mucho más antiguos que Ezequiel) donde se expresa este pensamiento:

  • El ánimo generoso prospera, el que riega también recibirá riego (Pr 11,25).
  • A quien declara inocente al culpable, la gente lo maldice y se irrita contra él; los que los acusan son gratos, sobre ellos baja una bendición (Pr 24,24-25)

En estos textos las acciones de unos tienen consecuencias que los alcanzan por la mediación de los grupos sociales afectados. No hay un Dios, un juez o una mecánica impersonal distribuyendo premios o castigos. Por decirlo con otras palabras, no es posible calcular cómo afectará una acción a otros. El mal o el bien pueden amplificarse o transformarse de forma inesperada. Por ejemplo, Job recibe la visita de sus «amigos» que vienen a consolarlo por su sufrimiento, pero los esquemas fijos de ellos acrecientan el dolor de Job, lo amplifican, porque sus amigos intentan imponerle una culpabilidad basándose en las calamidades que sufre.

En el caso de Ezequiel (y en el de Mateo) es claro que el centinela -que es llamado «hijo de hombre»- tiene una responsabilidad respecto del pueblo que protege y respecto del malvado que ejerce violencia. Pero también el malvado es interpelado para que comprenda el impacto de sus acciones.

El siguiente texto es la continuación de lo que se lee en la liturgia. A nuestro modo de ver es tanto o más valioso reflexionar sobre esto hoy (Ez 33,12-20):

Tú, hombre, di a tus compatriotas:
«Si un hombre bueno peca, su bondad anterior no lo salvará, y si un malvado deja de hacer el mal, su maldad anterior no será causa de su muerte. Si el hombre bueno peca, su bondad anterior no le valdrá para seguir viviendo. Si yo le prometo vida a un hombre bueno, y éste, ateniéndose a su bondad, hace el mal, no tomaré en cuenta ninguna buena acción suya, sino que morirá por el mal que haya cometido. Y si condeno a morir a un malvado, y este deja el pecado y actúa bien y con justicia, y devuelve lo que había recibido en prenda o lo que había robado, y cumple las leyes que dan la vida y deja de hacer lo malo, ciertamente vivirá y no morirá. Puesto que ahora actúa bien y con justicia, vivirá, y no me acordaré de ninguno de los pecados que había cometido.»

Tus compatriotas dirán que yo no actúo con justicia; pero en realidad son ellos los que no actúan con justicia. Si el hombre bueno deja de hacer lo bueno y hace lo malo, morirá a causa de ello. Y si el malvado deja de hacer lo malo y hace lo bueno y lo justo, a causa de ello vivirá. Ustedes repiten: «El Señor no está actuando con justicia.» Pero yo juzgaré a cada uno de ustedes, israelitas, de acuerdo con sus acciones.

En el contexto de crisis política de Israel, este texto debe haber sonado muy mal a la élite religiosa y política. Por mucho que consideraran su currículum de vida como una suerte de crédito moral para aminorar el castigo por el mal perpetrado, eso no tienen ninguna validez para Dios. No es la investidura, la posición social o los privilegios de clase los que serán la base de un juicio, sino el mal o el bien realizado. Y frente a ese bien y ese mal, también cabe una responsabilidad en la comunidad, quiéralo o no, porque nuestra vida y nuestros actos se desarrollan en espacios colectivos. Una sociedad, un grupo humano o una institución que permite la vulneración, el daño, el sufrimiento y la injusticia sin ponerle freno, también debe reconocer en ello su propia responsabilidad.

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