Rembrandt, El juicio de Dios en el monte Carmelo Rembrandt

Qol demamá daqah – un sonido de mudez y suave

Compártelo...
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on Facebook
Facebook
Email this to someone
email

Comentario a la primera lectura del domingo 19 del tiempo ordinario – Ciclo A.

Por Mike van Treek y Karla Huerta

1Re 19, 9.11-13a; Sal 85; Rom 9, 1-5; Mt 14, 22-33 

El texto del Primer libro de Reyes que se lee este domingo se ha interpretado como una forma de hablar de Dios en una época, la nuestra, en que pareciera que su voz ya no se escucha. Dios no hablaría con grandes signos como la tormenta, el terremoto y el fuego, sino desde la sutileza de una suave brisa.

La interpretación es atractiva porque ella incita a buscar a Dios en las cosas sencillas de la vida, en lugar de los grandes acontecimientos. A mirar lo pequeño en lugar de lo grande. Invita a mirar la suave voz de Dios para lo cual es necesario aislarse del «ruido» ambiental. Retirarse, como Elías, en una cueva.

Nada más lejos de lo que este texto en realidad vehicula.

El Primer Testamento es un conjunto bien heterogéneo de textos. Los temas que aborda lo hace desde situaciones históricas, sociales muy disímiles, por lo que sus autores o autoras adscriben a diversas ideologías teológicas y enfocan los temas que abordan con vasta diversidad. Muchas cuestiones de las que trata no tenían en la época de composición una forma resuelta de abordarse. Hay escuelas teológicas y políticas que disputan con otras sobre qué tratamiento dar. Leer las escrituras judías de la Biblia es adentrarse en una discusión, es una escuela de pensamiento. No hay allí una unidad total. Hay, más bien, múltiples disputas.

El libro de Reyes (es un único libro dividido en dos volúmenes porque no cabe en uno) representa la idea de un Israel que debió haber sido gobernado por una teocracia estricta en la cual sólo existe un único dios, el Dios de Israel (que recibe el nombre de Adonay, es decir, «Señor»). Todas las demás divinidades son llamadas Baales. En realidad, divide el mundo divino en dos: el verdadero-Dios-de-Israel y los ídolos, que son en realidad, personajes sin existencia ni poder. Los seres humanos entregados a los Baales son perversos y desviados y merecen, por tanto, la más absoluta reprobación del verdadero-Dios-de-Israel. A este Dios verdadero se le debe culto en un único lugar geográfico: el templo de Jerusalén.

El libro de Reyes no es un libro de historia según nuestros cánones, es más bien un ensayo narrativo de interpretación histórica. Como tal, se escribe desde el fracaso de la monarquía, a la cual se la juzga responsable de la crisis política de Israel que llevó a su destrucción. Según este libro, todos los monarcas de Israel han sido infieles e idólatras. Ajab y Jezabel, rey y reina de Israel serían unos de los paradigmas de la corrupción religiosa y política.

Otros libros de la Biblia abordan esta cuestión de manera diferente. Por ejemplo, la historia de Abraham pone en escena una forma distinta de vislumbrar la fidelidad a la alianza. En el caso de aquellos capítulos (Génesis 12-25) la responsabilidad de la convivencia pacífica entre Israel y otras naciones recae en el propio elegido y su familia, sin culpabilizar a otros pueblos o naciones del mal del mundo. El elegido no es representante de una línea genealógica pura. Tampoco el culto se realiza desde lugares institucionales o estables, sino que se celebra en los hitos importantes de la historia que se narra. La tierra tampoco se presenta como perteneciente a los antepasados de Israel. Abraham está destinado a vivir como extranjero y errante. Incluso la unidad familiar no aparece como un valor intransable.

Dicho en otras palabras, Reyes y Abraham representan dos concepciones de la política de Israel. Mientras que Reyes ve el conflicto político como una confrontación entre buenos y malos (poseedores de la verdad versus idólatras), en Abraham el conflicto se enfoca como un problema de fraternidades fracturadas (Isaac / Ismael) pero no fatalmente destruidas.

Elías es el profeta que opera políticamente dentro del esquema verdadero-Dios-de-Israel versus ídolos (baales) en Reyes. En la narrativa del libro, Elías es uno de los pocos profetas que ha sobrevivido al exterminio lanzado por los reyes corruptos de Israel. Se ha mantenido fiel a Dios, pero el rey y su consorte lo persiguen para matarlo también a él. Justo en el capítulo anterior a la lectura de este domingo, Elías se confronta a 450 profetas de Baal a quienes al final de una prueba sobre la eficacia del Dios verdadero, en la que sale él vencedor, los degüella uno a uno.

Nada de sutiles susurros con este verdadero-Dios-de-Israel ni menos con Elías.

La traducción del texto que se lee en Chile durante la liturgia es el siguiente:

«Habiendo llegado Elías a la montaña de Dios, el Horeb, entró en la gruta y pasó la noche. Allí le fue dirigida la palabra del Señor. El Señor le dijo: «Sal y quédate de pie en la montaña, delante del Señor». Y en ese momento el Señor pasaba. Sopló un viento huracanado que partía las montañas y resquebrajaba las rocas delante del Señor. Pero el Señor no estaba en el viento. Después del viendo hubo un terremoto. Pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, se encendió un fuego. Pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego, se oyó el rumor de una brisa suave. Al oírla, Elías se cubrió el rostro con su manto, salió y se quedó de pie a la entrada de la gruta».

(1 Re 19,9.11-13a)

Elías viene huyendo de Jezabel, esposa del rey Ajab, quien ha jurado vengarse del degollamiento de los 450 profetas de Baal que el mismo Elías había realizado (1 Re 18). Frente a la amenaza, se refugia en el Horeb, en una cueva. Por allí pasa Adonay (el Señor). Se siente una tormenta, un terremoto, un fuego. El narrador indica respecto de estas tres manifestaciones «el Señor no estaba», o al menos que Elías no lo percibe. Pero aquí surge una pregunta ¿no había dicho el mismo narrador que «el Señor pasaba por ahí» y que poco antes le había hablado al profeta?

Luego de esas tres manifestaciones, el versículo 12 trae una frase que es un quebradero de cabeza para los traductores. En el texto transcrito más arriba aquella frase ha sido traducida por «se oyó un rumor de una brisa suave», pero en hebreo son a penas 3 palabras: «qol demamá  daqáh» (literalmente: «un sonido de mudez y suave»). Hay ríos de tinta sobre cómo traducir esa frase llena de elipsis y polisemias. El sentido, es que del movimiento intenso y grandilocuente se pasa a una calma posterior. Es un ejercicio de contraste. Elías no reconoció el paso de Dios ni como viento huracanado, ni como terremoto, ni como fuego. Lo reconoce sólo cuando pasa como brisa suave, como muda calma o como se pueda traducir lo intraducible. La quietud lo tranquiliza y se anima a salir de la cueva. Es allí cuando puede reconocer a Dios.

¿Qué sentido tiene entonces esta grandilocuencia? El texto intenta reforzar la autoridad de Elías. Para ello, como es habitual en el discurso narrativo, se recurre a una suerte de calco de personajes. A Elías se le presenta como nuevo Moisés. En efecto, en Éxodo 19-20.30-33 Moisés recibe la comunicación de Dios por medio de las mismas manifestaciones (teo-fanías) climáticas. El huracán, el temblor y el fuego son en efecto formas en las cuales Dios se muestra a Israel. Al mismo tiempo son formas en las cuales se oculta para no ser visto cara a cara por los humanos y que ellos no perezcan.

Éxodo 19,9.16.18.19: «voy a acercarme a ti en una nube para que el pueblo pueda escuchar lo que hablo contigo […] al tercer día por la mañana hubo truenos y relámpagos y una nube espesa […] El monte Sinaí [=Horeb] era todo una humareda, porque el Señor bajó con el fuego, se alzaba humo como de un horno, y toda la montaña temblaba […] Moisés hablaba y Dios le respondía con el trueno».

En el caso de Elías en el Horeb, Adonay está presente, se anuncia, se hace esperar y finalmente habla luego de la calma. De hecho es el mismo esquema: aquello que sirve de manifestación de Dios sirve también para ocultarlo de la vista: se oye una voz de alguien que está tras una cortina de nubes, humo, fuego. Lo que en Éxodo se expresa en la simultaneidad con Elías se experimenta en una secuencia. De eso habla también el salmo 107: «convirtió a la tormenta en brisa» (v. 29).

Insisto. No hay aquí sutilezas, sino todo lo contrario. En el capítulo anterior Elías imploró la presencia de Dios quien bajó en forma de rayo y fuego consumiendo con gran espectacularidad la ofrenda presentada por Elías. Luego de eso, sin que Dios expresara algún reparo, Elías degolló a 450 profetas de Baal.

Elías huye de la venganza de Jezabel, hemos dicho. Elías teme por su vida y se refugia en el Horeb. De allí lo saca Adonay para enviarlo una vez más a su misión política de acabar con el monarca corrupto y ungir a Jehú como rey de Israel quien gracias a su espada exterminará a los seguidores de Baal. Nuevamente, ninguna sutileza. El Dios que el libro de Reyes pone en escena no es un Dios que hable en voz bajita y en sutiles movimientos de los prados: es un Dios terrible, violento, inmiscuido en la política del reino a más no poder. Si en el Horeb habla a Elías finalmente con una voz bajita es porque es su último recurso para atraer la  atención de un profeta atemorizado.

Vivimos tiempos en que la violencia se nos ha hecho muy patente. Quisiéramos no mirarla de frente, pensar que la religión no tiene nada que ver con ella. Pero no. Este texto nos hace pensar cómo los creyentes han vinculado a Dios con la violencia política, con la violencia criminal. Un texto que pone en escena la violencia no es un texto que incite a ella, sino que la expone para analizar su naturaleza, sus causas y consecuencias. En fin, es un texto que permite pensarla. Paul Beauchamp escribió que si la Biblia habla de violencia es para decir una verdad: «la gran arma de la violencia consiste en su disimulación. La Biblia, al mostrar la violencia humana como ella es […] le quita a aquella violencia su recurso principal».

Lamentablemente, la selección de lecturas del leccionario evita los textos de violencia, pero haciendo eso no educa a los lectores a tener una aproximación más rica y compleja a la Biblia. La gran mayoría no sabe cómo reaccionar frente a textos donde Dios aparece ejerciendo una violencia que consideramos intolerable.

Hoy, el lector podría hacer el ejercicio de leer el libro desde el punto de vista de Jezabel: ¿logró Elías convencerla de adherir al Dios verdadero al degollar a sus 450 profetas? El salmo reza: «el Señor promete la paz para su pueblo y sus amigos» (85,9), pero en ello no hay novedad. Donde verdaderamente se verá qué tipo de proyecto religioso tenemos es cómo tratamos a los que «no piensan como nosotros».

image_pdfDescarga en pdf

2 comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *