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Comer sin pagar

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Comentario a la primera lectura dominical – Domingo 18 del tiempo ordinario – Ciclo A

Por Karla Huerta M. y Mike van Treek N.

Is 55, 1-3; Sal 144; Rom 8, 35.37-39; Mt 14, 13-21

Vivimos un cristianismo conceptualista. En realidad vivimos en una sociedad de conceptos que en gran medida ha atrofiado sus facultades de imaginación. La inmensa circulación de imágenes por todas las pantallas que usamos habitualmente constituye, por la saturación que producen, una suerte de destrucción del símbolo «por exceso».

Para leer la Biblia se requiere imaginación. Se requiere de ella también para construir un mundo donde podamos comprender lo que el otro vive. ¿Hay algo más fundamental para la vida en común que ponerse en el lugar del otro? Sólo la imaginación permite la empatía.

En la primera lectura de este domingo, Isaías 55 pone en escena una voz particular. Es muy probable que esa voz sea la de un grupo de fieles de Israel que han experimentado el exilio en Babilonia y que están de regreso en Jerusalén. Se trata de un grupo que se siente víctima de la violencia política de un enemigo que los doblegó.

Por lo que sabemos de la historia de Israel, el bajo pueblo no fue precisamente el exiliado. El bajo pueblo, más bien, fue mantenido en la tierra para labrarla y hacerla productiva para el colonizador. Quienes fueron exiliados a Babilonia en 587 a.C. eran los miembros de la élite de Jerusalén (2 Reyes 25,18-22). Por tanto, fueron víctimas del exilio, pero también responsables políticos de la crisis que los llevó al destierro. Jeremías habla de ello en 34,18-22.

 Al volver a Jerusalén, 40 años más tarde  ‒de esto habla el texto, de la restauración de Sión/Jerusalén‒, parte de esta élite llega con un discurso de esperanza política. Esperan un buen vivir ¿y quién no? Nadie podría negar la belleza de los versos del cantor que recoge el autor de esta parte del libro de Isaías:

¡Atención, sedientos!
vengan por agua, también los que no tienen dinero.
Vengan, consigan trigo sin pagar
vino y leche gratis

Entre las interpretaciones de este texto, se encuentra la de algunos que piensan que estos versos son una metáfora de la vida espiritual que este grupo retornado quiere llevar. El agua sería la instrucción de Dios, el grano sería la palabra de Dios, el vino el gozo de Dios, etc.

Otros piensan que los retornados quieren realizar una sociedad de bienes básicos donde todos puedan tener lo mínimo. Inclinado más bien en esta interpretación, pienso que tal vez el exilio -para ellos, la élite-, fue un cambio radical en su condición de vida que les hizo comprender la irrelevancia de los lujos con que pretendían vivir. «¿Por qué gastan dinero en lo que no alimenta?», dicen. Según esta interpretación, el programa propuesto por los retornados no sería sólo religioso. Como podemos ver, no dice que Dios dará de comer de sí mismo, sino que la unidad en torno a ese proyecto traerá la vida: «escúchenme y vivirán». No se trata de un programa espiritual, sino de un programa de vida, una propuesta de organización de la nueva sociedad postexílica. Por eso el texto hace eco a la promesa de David, que no es otra que una organización política que permita hacer realidad la vida para todos.

No creo que este proyecto haya intentado ser una propuesta de continuidad con la monarquía destruída. Debe ser algo nuevo. Se conseguirá agua, pan, leche y vino. La promesa no olvida la fruición, el placer de vivir. El programa no es una vida de obreros con lo mínimo, es una sociedad frugal pero alegre, sencilla pero justa. Parece que se imagina una sociedad sin humillaciones, como lo había dicho el mismo poeta pocos versos antes: «Tendrás firme asiento en la justicia; quedará lejos la opresión, y no tendrás que temer, el terror no se te acercará (Is 54,14)».

La restauración se sellará con una promesa eterna. Dios no se retracta de su palabra. No lo ha hecho hasta ahora. Su promesa sigue vigente y seguimos esperando poder realizar el sueño del cantor de Isaías: «que coman los que no tienen dinero».

¿Pero qué ha pasado con esta promesa? ¿Por qué la vemos más lejos? ¿La ha olvidado el cristianismo que ve en Jesús alguien que cumple las promesas de Dios?

Algunos piensan que Jesús es el cumplimiento definitivo de esta promesa. De hecho al colocar como segunda lectura Rom 8,35-39 se  induce a pensar que la muerte de Jesús en la cruz es el sacrificio que da de comer a su pueblo. La promesa de Dios que trae Isaías quedaría convertida en una promesa ritual.

Al decir esto, tocamos un nervio de cierto cristianismo que pretende diluir la fuerza del Antiguo Testamento. Pero el cristianismo heredó y consideró como propios los escritos judíos. En la doctrina los considera no suprimibles, pues son parte de cómo Dios ha hablado en la historia de la salvación. Son tan vigentes como el Nuevo Testamento. Vale preguntarse si gran parte de la potencia transformadora que el cristianismo ha perdido en los siglos no se debe en parte al olvido de su raíz, y la raíz de Jesús.

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6 comentarios

  • Por su puesto hemos perdido, algunos más otros menos la tremenda potencia transformadora de vivir austera y empaticamente como Jesús lo proclamó y no solo los auto llamados “Cristianos” sino toda la creación humana, sucumbiendo y aspirando a la riqueza material desmedida, individualista por la riqueza espiritual de raíz verdaderamente Cristiana que se fundamenta en Jesús que es Dios mismo.

  • Gracias por compartir esta reflexión. En lo único que no estoy de acuerdo (aunque no tiene mucho que ver con el centro de la columna) es que las imágenes de las pantallas atrofien la imaginación, como si hubiera un tipo de imaginación ideal y las demás fueran imperfectas.

  • Cada vez que profundizo y leo sobre las raíces de Jesús y la gente de su época y sus antepasados, lo relaciono más a nuestros pueblos originarios.
    Uds hablan de un proyecto donde las personas estén bien, un buen vivir. Desde la cosmovisión Mapuche, se habla del küme mongen, el buen vivir/convivir, es decir, que cada persona tenga lo suficiente para vivir, nada de más, ni nada de menos; y siempre en sintonía con nuestra ñukemapu (madre tierra) pues es ella quién nos alimenta.
    Gracias por este espacio.

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