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La exaltación de Salomón

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Comentario a la primera lectura dominical – Domingo 17 del tiempo Ordinario – Ciclo A

Lec

1Re 3, 5-12; Sal 118; Rom 8, 28-30; Mt 13, 44-52

Cada domingo, en la liturgia de la palabra se lee un conjunto de textos bíblicos que ha sufrido muy pocas modificaciones desde que se estableció la reforma litúrgica ordenada por el Concilio Vaticano II. Uno de los criterios fundamentales que condujo ese proceso fue que se lograra la lectura casi completa de los tres evangelios sinópticos, uno por cada ciclo. Estos tres evangelios (Mateo, Marcos y Lucas) se leen de forma casi continua domingo tras domingo. Juan se lee saltado y los Hechos de los Apóstoles también se lee casi de corrido en los días de la semana.

La lectura continua debería ayudar a comprender de mejor forma la historia narrada por los evangelios, pero son pocos quienes se acuerdan el domingo de lo narrado 7 días antes. Muy pocas homilías toman en cuenta este criterio y no ayudan a seguir la historia que se está contando.

Los evangelios sinópticos son  parecidos entre ellos porque Marcos es la fuente principal que Mateo y Lucas usaron para escribir sus respectivas obras. No obstante las similitudes, son narrativas distintas, con acentos y conflictos propios. Captar la personalidad propia de cada evangelio requiere por tanto una lectura contínua que siga con atención, por ejemplo, el desarrollo de cada trama o los detalles de los personajes. Puede que a grosso modo cuenten la misma historia, pero la cuentan de modo diverso, el propósito de los evangelistas es distinto, y buscan en el lector efectos así también diferentes. Incluso los personajes están construidos de forma distinta en un evangelio que en otro.

Es rescatable este avance en la lectura continua de los evangelios. El Antiguo Testamento no tiene esta suerte. En los días de semana no se lee (salvo un salmo) y para el domingo se escoge una lectura normalmente en función del episodio del evangelio. En ocasiones la selección enfatiza la semejanza entre el Antiguo Testamento y el Evangelio, otras veces enfatiza el cumplimiento de profecías y en otra ocasiones se resalta el contraste. Como sea, parece que el Antiguo Testamento no tuviera luz por sí mismo, parece que solo importa en la medida que sirve para aclarar el Nuevo Testamento.

Las historias narradas en la primera lectura dominical no se logran comprender puesto que se pierde su continuidad, su introducción, su seguimiento y resolución. ¿Quién lee una novela de esa forma? El resultado es una comprensión fragmentaria, una parcial o falsa idea de lo leído.

El caso de esta semana es un ejemplo claro de esto. Se escoge un episodio de Salomón en función de una comparación que el Jesús mateano hace entre, por una parte, el reino de Dios y, por otra, un tesoro encontrado en el campo o una perla hallada por un mercader. En ambos hallazgos casuales se «vende todo lo que tiene» por el Reino. Se prefiere el reino a las riquezas. También el reino es como discernir entre los buenos y malos peces.

El lector se da cuenta que Salomón ha pedido sabiduría y discernimiento en lugar de riquezas y que Dios le ha prometido también un corazón sabio e inteligente a este rey que, en apariencia, ni siquiera se le ha ocurrido pedir triunfar militarmente sobre sus enemigos. El lector queda con la impresión que Salomón es un anticipo de quien escoge el reino de Dios. Un personaje loable, un ícono, un modelo a seguir.

Pero Salomón no es así. No es tan sabio, ni tan piadoso, tampoco muy pacífico y definitivamente no ha renunciado realmente a la codicia. Si tan sólo leyéramos toda su novela no caeríamos en aquella grosera exaltación sin conocimiento. Revisemos un poco.

Se cuenta en Reyes que Salomón fue un gran constructor para lo cual sometió a esclavitud a varios miles de extranjeros. A sus compatriotas israelitas los convirtió en servidores militares para sus planes de expansión territorial. Junto con acumular grandes riquezas Salomón acumula ¡mil! mujeres entre esposas y concubinas, contraviniendo una orden explícita de Dios. Salomón termina sus días consumido por la codicia  y por tanto también como idólatra: «su corazón ya no perteneció por entero al Señor» sentencia el narrador en 1Re 11,4. El ordo de lecturas contempla la lectura del final del ciclo de Salomón en las lecturas semanales de la quinta semana de tiempo ordinario, es decir, 12 semanas antes. ¿Quién lo recuerda? ¿Por qué leer el final antes que el inicio?

La sabiduría de Dios no es un objeto. No se puede codiciar. Salomón pensó que sí. Pensó en acumular también lo que es don, acaparar lo que es trascendente, Dios mismo. Pedía sabiduría pensando que con ello acumulaba todo lo demás. Codicia teológica, diríamos hoy.

Como maestro del artificio verbal (la Biblia y la tradición le atribuyen la autoría de algunos proverbios, cantos y salmos) Salomón intentó engañar a Dios y parece que durante varios capítulos del libro de Reyes lo logró.

Como muchos otros personajes del Antiguo Testamento Salomón ha sido presentado como personaje modelo de la fe en Dios. Ha ocurrido con Abraham, Jacob, Isaac, David, Moisés, Enoc, etc.  Una lectura más detenida sobre estos personajes muestra sus tensiones, ambigüedades y riquezas.

La tendencia a la exaltación se debió a circunstancias históricas precisas: Israel en el siglo III a.C. necesitaba reforzar su identidad cultural y religiosa frente a tendencias culturales que amenazaban su supervivencia. La exaltación de los modelos nacionales obedece a  una estrategia defensiva que puede constatarse por ejemplo en el libro de la Sabiduría de Jesús Ben Sira (también llamado Sirácida Eclesiástico).

En todo caso, es pertinente decirlo aquí, que la exaltación de un personaje sin tener conocimiento profundo y acabado es un mecanismo de abuso de poder espiritual. Es una forma de imponer el reconocimiento sin conocimiento. Lo hemos visto hoy como ayer. El antídoto a este abuso no es otro que el estar atentos a discernir con perspicacia y crítica lo que se nos presenta como modelo y como antimodelo.

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5 comentarios

  • Muchas gracias, este comentario me aclaró muchas cosas, ya que siempre fuí gran admiradora del Salomón que me presentó la iglesia. Con este comentario Dios crece mas aún en mí, al comprobar su infinita misericordia y paciente amor por nosotros.
    (Descubro que soy un poco Salomón)

  • Valiente análisis. La iglesia católica, debe mejorar sus enseñanzas a los creyentes, dejar de entregar información infantil y fuera de contexto histórico, geográfico, antropológico y lingüístico.
    Felicitaciones

  • El Salomon exaltado termina siendo como un cardenal moderno (estoy pensando en el antiguo nuncio Angelo Sodano). Tiene episodios de generosidad y amor, pero el hilo completo de su vida indica una caida que va siendo guiada por el ansia de poder.

  • Tremenda reflexión.
    Lo que ocurre con Salomón, es similar a lo que pasa con María Magdalena que celebrábamos hace unas semanitas atrás, pero al contrario ¿no? Las diferencias de género también quedan explícitas es las sagradas escrituras.
    Gracias por este espacio de reflexión, conocimiento y profundización.

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