Dios no creó a Eva. Tampoco a Adán

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A propósito de las lecturas del Génesis de Marie Balmary y André Wénin

En el imaginario judeocristiano, Dios es creador de todo cuanto existe, menos de Dios mismo. El imaginario de la creación se materializó textualmente en varios libros de la Biblia hebrea, entre ellos el Génesis.

Los primeros capítulos de aquel rollo que la tradición judía titula Bereshit (En el principio) narran en forma de mito fundante la creación de la humanidad. El carácter mítico de aquellos capítulos es bastante evidente, aunque algunos, entre los que se cuentan los fundamentalistas e integristas, prefieran pensar que se trata de una narración con pretensiones de verdad científica objetiva. Ello no tiene ninguna base; tal es la conclusión de las controversias de la teología apologética con los biblistas modernos que se dieron en el siglo XIX y XX.

Los relatos del Génesis ofrecen a sus lectores la oportunidad de pensar cuestiones fundamentales de la vida humana. Esa es, por lo demás, la función del mito: promover el pensamiento, estimular la reflexión y la exploración mediante la imaginación y la ficción. Su valor no es tanto su contenido, que de ningún punto de vista constituye un registro informativo, sino su efecto. Son objetos del pensamiento que al ser decodificados nos introducen en el universo literario de la simulación, del como si… del mundo del texto planteado para poder pensar, rumiar, reflexionar, interrogar. El ser humano se expresa a sí mismo mejor en símbolos que en conceptos y es por ello que la literatura se presta mejor para la indagación antropológica que los fríos manuales de antropología filosófica que funcionan más bien podando los brotes de la imaginación y de la fantasía que cultivándolos.

Dios no creó a Eva. Tampoco a Adán. ¿No estoy contradiciendo lo que todos saben respecto del imaginario antropológico de estas religiones monoteístas? En parte sí, en parte no.

Si uno se introduce en la lectura atenta del libro del Génesis resulta que la forma en que se enuncia el mito es mucho más rica y sugerente que su reducción en los axiomas de la doctrina. En aquel libro parece que Dios creara dos veces a la humanidad. Un capítulo contaría que Dios creó por separado al varón y la mujer, al mismo tiempo (Gn 1) mientras que otro relato narraría que Dios creó primero al varón, Adán, y que luego, de él, a la mujer, Eva (Gn 2). Pero en realidad, por una parte el mito es mucho más ambiguo que eso y en ello reside su sabor y su nutriente, en crear espacios para pensar e imaginar. Por otra parte, ambos relatos tienen más semejanzas de lo que en una primera lectura aparecen.

En el primer capítulo del Génesis, Dios no crea a Adán. El relato dice literalmente: «Y Elohim, creó a la humanidad en su imagen, en imagen de Elohim él la creó. Macho y hembra los creó» (Gn 1,27). Adán no está en el relato. En efecto, el texto hebreo escribe ha’adam, «la humanidad», sin una indicación respecto de la identidad sexual. Luego habla que esa humanidad son dos, zakar (macho) y nequebá (hembra), palabras que se usan para la designación del sexo de los animales. El texto no usa ni varón ni mujer, a esta altura del relato. Hay algo de inconcluso en esta forma de enunciar la creación de la humanidad. Algo que debe aún realizarse, hacerse. La diferenciación sexual humana no está acabada, no está, por así decirlo, totalmente planificada o decidida por la divinidad. El imaginario del texto es más potente que eso, pues dice, en otras palabras, que la diferenciación sexual se dará en el despliegue de la experiencia. El macho llegará a ser, varón, la hembra, llegará a ser mujer. La experiencia humana está abierta, Dios no es un ser clausurador.

En efecto, en el versículo anterior, en una intervención enigmática, el personaje divino había enunciado el tenor de la acción: «hagamos a una humanidad en imagen nuestra y en semejanza nuestra» (Gn 1,2). No hay forma más fácil de comprender el plural del verbo «hacer» sino como un decir en conjunto con la humanidad que en ese mismo acto de decir la crea. Tal como ha sido narrado en los versículos anteriores, Dios dice que las cosas sean y ellas comienzan a existir. Por supuesto, sólo Dios puede crear, pero en conjunto con la humanidad, Dios y nosotros, la existencia nuestra no es obra de la creación, sino del hacer. Así lo invita a imaginar el relato.

La diferenciación sexual de la que hablamos un poco más arriba parece ser un dato de la experiencia de los autores. En la observación de las especies ven machos y hembras. No pueden ir más allá sin los conocimientos respecto de la genética que tenemos ahora. Así como imaginan que el firmamento es una bóveda de madera sobre la cual están las aguas que llueven sobre la tierra por entre las uniones del entablillado, así también imaginan que los sexos son dos. Pero no es lo binario lo fundamental, sino la diferenciación de los sexos. Dos, tres, cuatro, no es relevante.

La diferenciación quiere decir relación, pues no hay relación en lo que es idéntico a sí mismo. En el texto esa distancia es sexual; y lo es también respecto de los animales. La humanidad creada macho/hembra ella misma será la encargada de modelarse, fabricarse según la semejanza, distanciándose de los animales para devenir al menos varón y mujer. Hoy podemos reconocer más categorías sexuales y reconocer que la humanidad es también mamífera, es animal. Diferenciación no significa oposición, sino posibilidad de relación.

En el segundo capítulo del Génesis, otro relato parece distanciarse del primero. No es conveniente exagerar las diferencias entre ambos. Dios también crea al ha-adam («la humanidad») sin distinción de género (2,7). Recién una oncena de versículos más adelante Dios piensa que no es buena la soledad para la humanidad. Hasta aquí, nunca se ha hablado de un «varón», sino de «la humanidad», sin distinción sexual alguna. En efecto, la primera acción que intenta Dios para que la humanidad no esté sola es formar a los animales del mismo humus que ella. En un segundo intento de superar la soledad, Dios realiza una serie de acciones complejas para establecer un «otro» para la humanidad. Esta vez, en lugar de modelar desde la arcilla, construye desde la «humanidad». Gn 1,21 dice: «El Señor Dios hizo caer un sueño profundo sobre la humanidad, la que se durmió. Tomó uno de sus costados y lo rellenó con carne en su lugar». De aquel costado, según narra el mito, el Señor Dios construyó una «mujer» y se lo presenta al ahora «varon». Este relato no usa las palabras «macho y hembra» sino las palabras ish e issha (varón y mujer).

¿He dicho costado? Sí. El hebreo no usa la palabra costilla. Según el mito bíblico, la mujer no es creada de la costilla del varón, sino que es construida (banáh, tal es la palabra hebrea) desde la mitad de un ser humano sexualmente no diferenciado, la «humanidad». Ambos son hechos del mismo material, el varón no existe antes de la intervención de la diferenciación sexual.

¿Y de dónde viene la costilla? No viene del griego, pues la traducción griega del siglo II a.C. utiliza pleurón  (costado) y no costilla. La tradición rabínica lo ha explicado así, por ejemplo el rabino Samuel bar Najmani (siglo III d.C.) comenta esta palabra: «significa uno de sus lados, igual que dices: «para el segundo lado del Tabernáculo, por el norte» (Ex 20,26)» (Génesis Rabbah).

El nombre propio del varón no aparecerá hasta Gn 5,1 aunque el uso como nombre propio en ese lugar es también dudoso o ambiguo (ver Gn 5,2: «macho y hembra les creó y llamó sus nombres adam (humanidad) el día en que les creó»).

El nombre Eva no aparece hasta Gn 3,10, cuando el varón la llama con ese nombre: «el varón llamó al nombre de su mujer Eva porque era la madre de todo lo viviente». En esta última nominación no es Dios ni el narrador quien pone el nombre de Eva, es el propio varón quien confina la identidad de la mujer como «su» mujer y la enfoca exclusivamente en su rol materno.

El mito permite imaginar más que ese rol. Lo que es claro es que la interpretación machista se ha valido desde hace siglos de una lectura sesgada del texto que pone en juego una riqueza más amplia de significados y posibilidades de interpretación. En fin, es el personaje varón del mito el que creó a Eva, asociando para su interés la mujer y la maternidad.

A. Wénin escribió D’Adam à Abraham, ou, Les errances de l’humain en 2007. M. Balmary escribió La divine originen en 1993.

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